Lo de Gumersindo fué algo que ya lo trajo en sus genes. Se cuenta de que aún antes de nacer el hipo lo sacudía constantemente en el vientre de su madre. Vanos fueron todos los intentos de los doctores por evitar esos compulsivos estertores que producían tanta preocupación, asegurando que una vez nacido, éstos acabarían. Lo mismo opinaban las ancianas del pueblo al ver que sus remedios también fallaban.
Y así fué, en el momento del parto todo finalizó para dar lugar a un hermoso y robusto bebé que dormía suave y apaciblemente. Ni vestigios del hipo que tanto había preocupado y sacudido a su madre.
No se sabe bien si fué la adolescencia lo que ayudó a resurgir aquel problema del hipo. Y se hizo famoso Gumersindo por andar marcando la hora al ritmo de su hipo. Trató de todas maneras de evitarlo; aguantaba la respiración; bebía agua sin respirar; tragaba pan seco a veces y otras veces pan tostado Probó comer hielo picado; azúcar granulada. También le recomendaron acupuntura y allí partió Gumersindo a colocarse las agujas. Este tratamiento fué imposible de proseguirlo pues con los movimientos involuntarios por el hipo ningún acupunturista se atrevía a clavar las agujas pues temían producir más descalabros si pinchaban otros puntos.
El tiempo transcurría y pasaban los años y el diafragma de Gumersindo no cesaba de pulsar.
Vinieron las viejas del pueblo e indicaron comer la punta de la cáscara de un limón; poner papel de diario mojado en la frente; el brazo hacia atrás tratando de tocar los homóplatos; un hilo en la frente húmedo por la
saliva de su madre. Este fué uno de los más difíciles de lograr pues él se había mudado al pueblo vecino, pero con el afán de todos los pueblerinos ayudaron a su traslado y logró cumplirlo. Claro, sin efecto alguno.
La fama del hipo de Gumersindo traspasó el condado y llegaron de ultramar sugerencias de que se lo asustara como método infalible. Juan, su hermano, tomó un hacha y blandiéndola sobre la cabeza del sufriente acompañó el movimiento con un fuerte grito que sólo logró intranquilizar a Cacho, el perro policía, quién acudió presto al grito proferido por su amo, Gumersindo.
A Juan lo hospitalizaron de urgencia, logrando salvarle la vida. A Cacho le dieron un hueso con restos de carne como premio y en Gumersindo el hipo siguió incólume.
En las noches de tormenta fuerte lo sacaban tratando de asustarlo con la caída de un rayo, le anunciaron el incendio de su casa, del fallecimiento de alguien querido, pero nada se conseguía.
Se resignó a vivir pacíficamente con su hipo. Lo utilizaban en las cafeterías para mezclar el café; las planchadoras se lo disputaban para que humedeciera las prendas a planchar; nadie mejor que Gumersindo con una taza con agua en la mano. También las horneadoras lo requerían para tomar el tiempo en sus cocciones: 20 hipeadas y la torta estaba lista; 50 hipeadas y el pan alcanzaba su tiempo justo. El vivió feliz sintiéndose único y requerido por todos sus vecinos y útil a la comunidad hasta el final de sus días.
Pero ni aún allí dejó Gumersindo de preocupar a toda la población. Resultó ser que habiendo sido enterrado
se debió llevar a cabo una nueva legislación para construir una empalizada alrededor de su tumba. Se descubrió que lo que primero pareció un homenaje de los niños, quienes acudían en tropel a su tumba formando una fila no era con el fin de venerarlo, sino que Gumersindo, aún después de muerto continuaba con su hipo y los niños lo habían tomado como caballito de corcoveo.
Julio 2009.
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