El era un humilde empleado de correos. Su mayor orgullo era haber empezado desde abajo y en el más modesto de los cargos; mensajero.
En 65 años de trabajo había logrado ascender pero nunca tan alto; es que a él no le interesaba el poder. Dije que era humilde. Aunque con una dignidad que sólo algunos privilegiados suelen tener.
Ella era modista. No se había recibido nunca pero de tanto ayudar en las simples tareas a la mejor costurera del pueblo había adquirido práctica que luego le favoreció para contribuir con ese ingreso a la manutención de la familia.
Se habían conocido justamente gracias a estas actividades. El entregaba correspondencia a la mayor profesional del vestido y en su tarea de aprendiz ella era la encargada de recibir las parcelas.
Pareciera que esa primera entrega por parte del mensajero y el recibir por parte de ella hubiera signado la relación. Rectos como eran jamás tuvieron dudas de que estarían juntos para siempre.
Luego de un tiempo prudencial de noviazgo; el que en aquellos años era necesario guardar para salvaguardar comentarios dudosos que pudieran empañar el respeto hacia la dama, se casaron. Y efectivamente nunca más se separaron. Ni por un trámite, ni por un viaje ni por una internación; si uno era el enfermo el doctor del pueblo conociéndolos daba autorización a la permanencia del otro en la clínica. Todo el pueblo los respetaba acostumbrados a verlos pasar siempre del brazo, inseparables...
No ejercían poderes ni intentaban sobrepasar a nadie. Siempre entre ellos el mejor de los tratos. Luego venían los demás. Hasta de sus hijos lograron salvar esa intimidad de casal, sin por ello desmerecer atención a los frutos de sus amores.
No tenían recuerdos de una pelea, discusión, disgustos pasajeros. Seguramente los hubo pero ninguno de los dos tenía esa clase de memoria.
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Cuando me contaron esa historia con numerosos detalles asombrosos de AMOR donde la Pasión y la Ilusión no formaron parte del juego tuve curiosidad por conocer más. El falleció a los 86 años tal cual había llegado: Dando. Dando a todos a manos llenas. Por eso ella guardaba de él sólo recuerdos dulces.
Noté en sus manos transparentes y pequeñas un hermoso anillo engarzado en oro con una bella piedra de color rosado. Al ver mi mirada posada en esa joya dijo
— Es una Rosa de Francia. Es bonita, no? — Y acariciándola pareció sumergirse en sus propios pensamientos.
— Al anillo me lo regaló él, que nada sabía de piedras; el que eligió simplemente por el color y nombre: Rosa de Francia—
Volviendo sus ojos hacia mí dijo; — Yo sí sabía algo de piedras... de haber leído nomás...y supe enseguida que Rosa de Francia es una amatista de color lila claro— Y movió despaciosamente su mano como para hacer relumbrar la piedra.
— ...soy una convencida de que el destino personal siempre nos señala el camino de nuestras decisiones. Y a él lo había llevado a elegir esta gema. Adjudico a esta piedra el efecto calmante y tonificante que pudo ayudarnos a superar nuestros miedos y angustias a través de 60 años de matrimonio. Siendo como és la piedra del tercer ojo por excelencia, lo cual nos permite abrir, limpiar y dejar aflorar todo lo que llevamos dentro—
Y continuó en un monólogo que no me atreví a interrumpir; — La función primordial es la de convertir todo lo negativo en positivo y nos ayuda a ponernos en contacto con las energías más puras y elevadas—
Ella tenía la mirada fija en un punto y su voz se hacía cada vez más tenue e íntima.
— Luego de que cumpliéramos con la creación el sexo pasó a un plano secundario. Yo no tenía mucho interés y el supo comprenderme y dimos por terminado el asunto—
Levantó allí su mirada, la fijó en mí y con una vocecita entre divertida y cómplice agregó:
— Esta piedra, la amatista, tiene la particularidad de ser el símbolo de renuncia a los bienes terrenales y de castidad representando entre dos personas un vínculo inquebrantable... como fué el nuestro. Inmaculado e intachable.
Luego de escuchar esta historia atrevesé diez horas de insomnio antes de poder sentarme a escribir esta historia real de AMOR REAL!
miércoles, 14 de marzo de 2012
martes, 13 de marzo de 2012
ZAGA
Podríamos haberle llamado Pirata; por su ojo cubierto de pelo negro que resaltaba contra lo blanco del resto de su cuerpo. Chiquita; por su tamaño y más sabiendo que nunca iba a crecer demasiado. En fin, hubo muchos nombres en juego pero hubo uno que por su personalidad le cabía como "anillo al dedo": Zaga.
Sonaba raro ese nombre para un perrito, pero creímos que era el más acertado por la particularidad que mostró desde un principio. Resultó ser una hembrita y Zaga pronto pasó a ser mi talismán.
Siendo yo el que la había encontrado abandonada en el camino al pueblo, según la ley (no sé que ley) me correspondía; ella era mía. Siempre había querido tener un compañero de andanzas y por una cosa u otra no había podido ser. Hasta ese día que encontré este cachorro todo sucio que ni siquiera se sabía de lo blanco que era su pelaje una vez bañado y peinado.
Siendo yo un zagal fuerte, valiente y gallardo que desde niño había tenido a mi cargo el tiro del carruaje que el mayoral me había asignado pues me habia merecido su confianza por mi responsabilidad y madurez. Muchas veces quienes no conocían o recordaban mi nombre se dirigían a mí con el cargo que ejercía: Zagal.
Pero fue la personalidad de mi mascota la que me confirmó que si yo era Zagal, ella sería Zaga.
Una vez que se acostumbró a mi y a la vida de campo pasamos a ser sólo uno.
Tenía una característica por la cual también le correspondía ese nombre. Nunca corría, caminaba, descansaba (y todas las otras... abas) delante mío. Ella siempre a posteriori. Por más que la incitaba a adelantarse ella se mantenía zaguera. Yendo y volviendo del pueblo era común que ocupara su lugar, en la parte de atrás del carro, abajo, trotando, sobre el lado de la rueda izquierda. Y así la gente se fué acostumbrando a que si Zagal estaba al frente, rezagada, a su sombra aparecía Zaga.
Fueron muchos los años que compartimos juntos y ella nunca perdió esa costumbre. De ir a mi retaguardia como si fuera mi sombra.
-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Zaga querida, te tengo en mis brazos, inmóvil y no puedo resignarme a perderte. Zaga; si siempre estabas a mi espalda; porque ese día en que caminábamos recogiendo choclos en el maizal te me adelantaste?
Imprevistamente te ví pasar al frente mío y una sombra centelleó y oí tu lamento. Supiste en ese momento que el peligro me acechaba al frente y allí acudiste. Fue tan inaudible el tintinear del cascabel asesino que sólo una perrita por amor a su dueño lo pudo anticipar dejando su eterno lugar de ir siempre a mi zaga.
Sonaba raro ese nombre para un perrito, pero creímos que era el más acertado por la particularidad que mostró desde un principio. Resultó ser una hembrita y Zaga pronto pasó a ser mi talismán.
Siendo yo el que la había encontrado abandonada en el camino al pueblo, según la ley (no sé que ley) me correspondía; ella era mía. Siempre había querido tener un compañero de andanzas y por una cosa u otra no había podido ser. Hasta ese día que encontré este cachorro todo sucio que ni siquiera se sabía de lo blanco que era su pelaje una vez bañado y peinado.
Siendo yo un zagal fuerte, valiente y gallardo que desde niño había tenido a mi cargo el tiro del carruaje que el mayoral me había asignado pues me habia merecido su confianza por mi responsabilidad y madurez. Muchas veces quienes no conocían o recordaban mi nombre se dirigían a mí con el cargo que ejercía: Zagal.
Pero fue la personalidad de mi mascota la que me confirmó que si yo era Zagal, ella sería Zaga.
Una vez que se acostumbró a mi y a la vida de campo pasamos a ser sólo uno.
Tenía una característica por la cual también le correspondía ese nombre. Nunca corría, caminaba, descansaba (y todas las otras... abas) delante mío. Ella siempre a posteriori. Por más que la incitaba a adelantarse ella se mantenía zaguera. Yendo y volviendo del pueblo era común que ocupara su lugar, en la parte de atrás del carro, abajo, trotando, sobre el lado de la rueda izquierda. Y así la gente se fué acostumbrando a que si Zagal estaba al frente, rezagada, a su sombra aparecía Zaga.
Fueron muchos los años que compartimos juntos y ella nunca perdió esa costumbre. De ir a mi retaguardia como si fuera mi sombra.
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Zaga querida, te tengo en mis brazos, inmóvil y no puedo resignarme a perderte. Zaga; si siempre estabas a mi espalda; porque ese día en que caminábamos recogiendo choclos en el maizal te me adelantaste?
Imprevistamente te ví pasar al frente mío y una sombra centelleó y oí tu lamento. Supiste en ese momento que el peligro me acechaba al frente y allí acudiste. Fue tan inaudible el tintinear del cascabel asesino que sólo una perrita por amor a su dueño lo pudo anticipar dejando su eterno lugar de ir siempre a mi zaga.
lunes, 11 de julio de 2011
Marisma
Fue locura pensar que juntos podríamos transitar la vida.
Mi rico y fértil suelo, pleno de sedimentos, de aguas dulces y claras no consideró que tu llegada, con el salitre salvaje no tuviera inherencia en nuestros sueños de un futuro compartido.
Creímos que podríamos igualarnos a una marisma y como ella, amortiguar y minimizar nuestras diferentes corrientes.
Ya lo ves, no fué así. No sirvieron ni tan siquiera las vetas para evitar el naufragio.
Pereció nuestro amor, ahogado.
2008
Mi rico y fértil suelo, pleno de sedimentos, de aguas dulces y claras no consideró que tu llegada, con el salitre salvaje no tuviera inherencia en nuestros sueños de un futuro compartido.
Creímos que podríamos igualarnos a una marisma y como ella, amortiguar y minimizar nuestras diferentes corrientes.
Ya lo ves, no fué así. No sirvieron ni tan siquiera las vetas para evitar el naufragio.
Pereció nuestro amor, ahogado.
2008
Derrumbarse
Ya ves, no hicieron falta grandes maquinarias
que tiren
abajo
convirtiendo en polvo lo que un día fuera
la confianza plena.
Tampoco hicieron falta grandes atropellos
que a mi ser
horaden
más hondo y
profundo
para que todo tan fácil asole a su paso.
Ni siquiera cataclismos que azoten mi alma
y haya zozobra por fuera y por dentro
desvastando todo lo hasta aquí logrado.
Ni gritos abiertos llenando el espacio.
Tan sólo aquí adentro estallando estaba
el cristal
de
mi
alma
y las mariposas de ensueño
su vuelo aquietando.
Nada trágico hizo falta para que mi fe cayera
volteando los sueños, quitando esperanza.
Secando mis ojos; incendiando mi alma
y un dolor tan fuerte, tan hondo y tan sordo
que ni creerlo hoy puedo, que con un engaño
derrumbaras
tanto.
Si aquellos que dicen que el tiempo no es nada...
su razón la tienen.
En aquel instante
nuestros
siete
años
precipitándose;
¡ E S T A L L A R O N!
1993
que tiren
abajo
convirtiendo en polvo lo que un día fuera
la confianza plena.
Tampoco hicieron falta grandes atropellos
que a mi ser
horaden
más hondo y
profundo
para que todo tan fácil asole a su paso.
Ni siquiera cataclismos que azoten mi alma
y haya zozobra por fuera y por dentro
desvastando todo lo hasta aquí logrado.
Ni gritos abiertos llenando el espacio.
Tan sólo aquí adentro estallando estaba
el cristal
de
mi
alma
y las mariposas de ensueño
su vuelo aquietando.
Nada trágico hizo falta para que mi fe cayera
volteando los sueños, quitando esperanza.
Secando mis ojos; incendiando mi alma
y un dolor tan fuerte, tan hondo y tan sordo
que ni creerlo hoy puedo, que con un engaño
derrumbaras
tanto.
Si aquellos que dicen que el tiempo no es nada...
su razón la tienen.
En aquel instante
nuestros
siete
años
precipitándose;
¡ E S T A L L A R O N!
1993
domingo, 22 de mayo de 2011
Plumas
Las pampas las conocieron
cuando en carrera veloz
desafiaban al Pampero
con movimiento atroz.
Al indio de aquellos lares
su cabeza adornó
con larga vincha plumada
al cacique coronó.
Sirvió en pobres vestiduras
y a las ricas embelleció;
las pintaron de colores
y al chárleston engalanó.
De abrigo algunas veces
Otras para abanicar.
La más triste de ellas
grisásea como el polvo
terminó en plumero raso
para darnos su confort.
Bbne - 2000
cuando en carrera veloz
desafiaban al Pampero
con movimiento atroz.
Al indio de aquellos lares
su cabeza adornó
con larga vincha plumada
al cacique coronó.
Sirvió en pobres vestiduras
y a las ricas embelleció;
las pintaron de colores
y al chárleston engalanó.
De abrigo algunas veces
Otras para abanicar.
La más triste de ellas
grisásea como el polvo
terminó en plumero raso
para darnos su confort.
Bbne - 2000
Polo Sur
Cuando pienso: Polo Sur
Imagino: Lejanía
Soledad
Distancia
Frío
Angustia
Aislamiento
Desamor
Cuando pienso: Polo Sur
Añoro: Amigos
Tierra
Madre
Hermanos
Amor
Cariño
Ternura.
Cuando siento mi alma en espacio trastocada soportando migración de
Amigo, Lugar y Tiempo.
Cuando cuento (pienso) mis pérdidas;
Polo Sur es lo que albergo.
Bbne - 2000
Imagino: Lejanía
Soledad
Distancia
Frío
Angustia
Aislamiento
Desamor
Cuando pienso: Polo Sur
Añoro: Amigos
Tierra
Madre
Hermanos
Amor
Cariño
Ternura.
Cuando siento mi alma en espacio trastocada soportando migración de
Amigo, Lugar y Tiempo.
Cuando cuento (pienso) mis pérdidas;
Polo Sur es lo que albergo.
Bbne - 2000
domingo, 8 de mayo de 2011
HIPO
Lo de Gumersindo fué algo que ya lo trajo en sus genes. Se cuenta de que aún antes de nacer el hipo lo sacudía constantemente en el vientre de su madre. Vanos fueron todos los intentos de los doctores por evitar esos compulsivos estertores que producían tanta preocupación, asegurando que una vez nacido, éstos acabarían. Lo mismo opinaban las ancianas del pueblo al ver que sus remedios también fallaban.
Y así fué, en el momento del parto todo finalizó para dar lugar a un hermoso y robusto bebé que dormía suave y apaciblemente. Ni vestigios del hipo que tanto había preocupado y sacudido a su madre.
No se sabe bien si fué la adolescencia lo que ayudó a resurgir aquel problema del hipo. Y se hizo famoso Gumersindo por andar marcando la hora al ritmo de su hipo. Trató de todas maneras de evitarlo; aguantaba la respiración; bebía agua sin respirar; tragaba pan seco a veces y otras veces pan tostado Probó comer hielo picado; azúcar granulada. También le recomendaron acupuntura y allí partió Gumersindo a colocarse las agujas. Este tratamiento fué imposible de proseguirlo pues con los movimientos involuntarios por el hipo ningún acupunturista se atrevía a clavar las agujas pues temían producir más descalabros si pinchaban otros puntos.
El tiempo transcurría y pasaban los años y el diafragma de Gumersindo no cesaba de pulsar.
Vinieron las viejas del pueblo e indicaron comer la punta de la cáscara de un limón; poner papel de diario mojado en la frente; el brazo hacia atrás tratando de tocar los homóplatos; un hilo en la frente húmedo por la
saliva de su madre. Este fué uno de los más difíciles de lograr pues él se había mudado al pueblo vecino, pero con el afán de todos los pueblerinos ayudaron a su traslado y logró cumplirlo. Claro, sin efecto alguno.
La fama del hipo de Gumersindo traspasó el condado y llegaron de ultramar sugerencias de que se lo asustara como método infalible. Juan, su hermano, tomó un hacha y blandiéndola sobre la cabeza del sufriente acompañó el movimiento con un fuerte grito que sólo logró intranquilizar a Cacho, el perro policía, quién acudió presto al grito proferido por su amo, Gumersindo.
A Juan lo hospitalizaron de urgencia, logrando salvarle la vida. A Cacho le dieron un hueso con restos de carne como premio y en Gumersindo el hipo siguió incólume.
En las noches de tormenta fuerte lo sacaban tratando de asustarlo con la caída de un rayo, le anunciaron el incendio de su casa, del fallecimiento de alguien querido, pero nada se conseguía.
Se resignó a vivir pacíficamente con su hipo. Lo utilizaban en las cafeterías para mezclar el café; las planchadoras se lo disputaban para que humedeciera las prendas a planchar; nadie mejor que Gumersindo con una taza con agua en la mano. También las horneadoras lo requerían para tomar el tiempo en sus cocciones: 20 hipeadas y la torta estaba lista; 50 hipeadas y el pan alcanzaba su tiempo justo. El vivió feliz sintiéndose único y requerido por todos sus vecinos y útil a la comunidad hasta el final de sus días.
Pero ni aún allí dejó Gumersindo de preocupar a toda la población. Resultó ser que habiendo sido enterrado
se debió llevar a cabo una nueva legislación para construir una empalizada alrededor de su tumba. Se descubrió que lo que primero pareció un homenaje de los niños, quienes acudían en tropel a su tumba formando una fila no era con el fin de venerarlo, sino que Gumersindo, aún después de muerto continuaba con su hipo y los niños lo habían tomado como caballito de corcoveo.
Julio 2009.
Y así fué, en el momento del parto todo finalizó para dar lugar a un hermoso y robusto bebé que dormía suave y apaciblemente. Ni vestigios del hipo que tanto había preocupado y sacudido a su madre.
No se sabe bien si fué la adolescencia lo que ayudó a resurgir aquel problema del hipo. Y se hizo famoso Gumersindo por andar marcando la hora al ritmo de su hipo. Trató de todas maneras de evitarlo; aguantaba la respiración; bebía agua sin respirar; tragaba pan seco a veces y otras veces pan tostado Probó comer hielo picado; azúcar granulada. También le recomendaron acupuntura y allí partió Gumersindo a colocarse las agujas. Este tratamiento fué imposible de proseguirlo pues con los movimientos involuntarios por el hipo ningún acupunturista se atrevía a clavar las agujas pues temían producir más descalabros si pinchaban otros puntos.
El tiempo transcurría y pasaban los años y el diafragma de Gumersindo no cesaba de pulsar.
Vinieron las viejas del pueblo e indicaron comer la punta de la cáscara de un limón; poner papel de diario mojado en la frente; el brazo hacia atrás tratando de tocar los homóplatos; un hilo en la frente húmedo por la
saliva de su madre. Este fué uno de los más difíciles de lograr pues él se había mudado al pueblo vecino, pero con el afán de todos los pueblerinos ayudaron a su traslado y logró cumplirlo. Claro, sin efecto alguno.
La fama del hipo de Gumersindo traspasó el condado y llegaron de ultramar sugerencias de que se lo asustara como método infalible. Juan, su hermano, tomó un hacha y blandiéndola sobre la cabeza del sufriente acompañó el movimiento con un fuerte grito que sólo logró intranquilizar a Cacho, el perro policía, quién acudió presto al grito proferido por su amo, Gumersindo.
A Juan lo hospitalizaron de urgencia, logrando salvarle la vida. A Cacho le dieron un hueso con restos de carne como premio y en Gumersindo el hipo siguió incólume.
En las noches de tormenta fuerte lo sacaban tratando de asustarlo con la caída de un rayo, le anunciaron el incendio de su casa, del fallecimiento de alguien querido, pero nada se conseguía.
Se resignó a vivir pacíficamente con su hipo. Lo utilizaban en las cafeterías para mezclar el café; las planchadoras se lo disputaban para que humedeciera las prendas a planchar; nadie mejor que Gumersindo con una taza con agua en la mano. También las horneadoras lo requerían para tomar el tiempo en sus cocciones: 20 hipeadas y la torta estaba lista; 50 hipeadas y el pan alcanzaba su tiempo justo. El vivió feliz sintiéndose único y requerido por todos sus vecinos y útil a la comunidad hasta el final de sus días.
Pero ni aún allí dejó Gumersindo de preocupar a toda la población. Resultó ser que habiendo sido enterrado
se debió llevar a cabo una nueva legislación para construir una empalizada alrededor de su tumba. Se descubrió que lo que primero pareció un homenaje de los niños, quienes acudían en tropel a su tumba formando una fila no era con el fin de venerarlo, sino que Gumersindo, aún después de muerto continuaba con su hipo y los niños lo habían tomado como caballito de corcoveo.
Julio 2009.
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